República Democrática del Congo, África

La diferencia entre vivir y sobrevivir

Este viaje ha sido uno de los más duros personalmente hasta el momento, ya que me fui sabiendo que no estaba preparada para ello, pero las ganas superaron al miedo.

Podría contaros este viaje de mil maneras y perspectivas diferentes, evitando temas controvertidos y agradando vuestros oídos. Sin embargo, quiero contaros como me sentía allí exactamente, y por qué tomé la decisión de volverme al mes cuando mi intención era estar un periodo de 6 meses.

Para ello, os voy a mostrar lo que escribí en mi diario personal uno de los días más duros que tuve, pero que desgraciadamente refleja a la perfección mis sentimientos. Aún así, os animo a que sigáis leyendo, ya que hay cosas que no menciono y me gustaría que también tuvierais en cuenta.

Erradicar la pobreza no es un acto de caridad, es un acto de justicia

Nelson Mandela

Memorias de África…

Me acabo de dar cuenta de una cosa. Y es que toda mi vida he sobrevalorado las cosas. He sobrevalorado las personas, los lugares, los amigos, la humanidad, el amor… 

Siempre antes de partir a un destino, he imaginado cómo sería. Y siempre he ido con las expectativas muy altas. Ya sea por la fama de ese país, los comentarios de la gente o las ganas que tenía. Pero cuando he llegado a los sitios, no siempre ha sido como esperaba.

Uno de los continentes de los que más expectativas he tenido ha sido África. Siempre he tenido cierta admiración por sus países y su gente. La primera vez que estuve aquí fue en Tanzania, haciendo un voluntariado en un colegio que estaban todavía construyendo. La experiencia me pareció increíble en cuanto a la ONG, creada por una mujer, de la nada, cosa que admiro muchísimo y que considero un ejemplo a seguir, siempre lo diré. Los niños del colegio son las personas más bonitas que he conocido en mi vida.

Cuando estaba con ellos, y con algunos en especial (todos tenemos más afinidad por ciertas personas, es inevitable), yo sentía que estaba en el cielo. Daba igual lo que pasara a mi alrededor, eran como una barrera protectora que no dejaban que nada me hiciera daño. Además, estaba pasando por un momento un poco complicado en esa época, y ellos hacían que nada tuviera importancia. Todo lo que recuerdo es felicidad. Y de verdad, no estoy exagerando. Veía a la gente feliz, las personas más felices que he visto nunca, tanto niños como adultos, aunque también vi a mucha gente pasándolo mal, pero la felicidad reinaba ante todo. Ese viaje me dio fuerzas para seguir intentando cambiar el mundo.

Sí, sé que es difícil y que yo sola no lo conseguiré, pero como siempre he dicho, pequeñas personas haciendo pequeñas cosas en pequeños lugares pueden cambiar el mundo. Lo que importa es la voluntad de hacer lo que esté en nuestra mano.

Pero, ahora he vuelto a África, en concreto a la República Democrática del Congo, a un proyecto bastante diferente. Se supone que iba a ser un proyecto en un hospital nuevo que han construido en un pequeño pueblo llamado Ngandanjika. La organización se llama DITUNGA, es de carácter religioso y la lleva un cura congolés y sus hermanos. Yo no estoy a favor de la religión, pero pensaba que había que ir un poco más allá de los ideales de las personas si se trata de ayudar. Por esa misma razón acepté ir y vivir en una casa de monjas. Antes de venir, me dijeron que mi función iba a ser llevar el tema administrativo del hospital y también dar clases de inglés en un colegio a niños, pero por lo menos yo entendí que esto último era algo secundario. Según el cura, no iba a tener tiempo para aburrirme. Bien, yo llegué con un grupo de españoles que venían a hacer una misión médica durante 2 semanas, en las que trabajarían totalmente gratis.

Al llegar, nos encontramos el hospital prácticamente vacío; tuvimos que montar desde estanterías hasta camillas operatorias o ginecológicas, cuando la mayoría de nosotros no había puesto un tornillo en su vida. Una vez que estuvo casi todo montado, empezaron con las consultas y con las operaciones: lo más importante de esta misión. Y aquí fue la primera vez que yo perdí la esperanza en este viaje.

Como yo no tenía una función determinada, ya que no soy de este ámbito, de casualidad me colé en la consulta de dermatología y empecé a ayudar con las fichas de los albinos y las programaciones para las cirugías. Yo nunca había visto un tumor o un albino, he de decirlo; pero después de esas consultas, creo que he visto a tantos albinos y tantos tumores como nunca imaginé. Lo que yo vi entrar por esa puerta, no es humano. He visto toda clase de tumores, desde diminutos hasta la mitad de la cabeza, tanto internos como externos. He visto a un niño de 5 años entrar por la puerta con una venda que le cubría toda la cabeza y he visto como, cuando se quitaba la venda, tenía que espantarse las moscas de la cara. He visto como la dermatóloga decía que ese tumor era inoperable. Inoperable. Una palabra que me ha marcado para toda la vida. Esa palabra significa que el tumor está tan avanzado que da igual que operen de urgencia a esa persona porque se va a morir. Todavía recuerdo la primera vez que vi a ese niño entrar en el hospital, tan delgado, tan enfermo… Pero nunca me imaginé que me iban a decir que le quedaban semanas de vida. Y, ¿por qué? Porque ha tenido la mala suerte de nacer albino en África. Y de tener unos padres que no saben lo que es y que no saben que, si no se cuida, el sol lo va a matar. Y a este niño el sol le mató. A él, al chico del 1993, de un año más que yo que tenía un tumor en el cuello inoperable. Y a la mujer de 30 años que iba en silla de ruedas y que temíamos que se muriera en la misma consulta. Y a la hermana del enfermero, también albino, que nos ayudaba en la consulta: Alí, esa maravillosa persona a la que le tuvimos que decir que su hermana pequeña se iba a morir. A él y a otras muchas personas más que pasaron por la consulta. ¿Y cómo dices eso? No lo dices. Dices que en la próxima expedición traerán más materiales para poder operarlos; pero eso nunca pasará, porque para ese día ya estarán muertos.

También existían casos en los que “se les operaba para que murieran dignamente”, como el de Tressor. Un chico de 22 años, huérfano, con un tumor de la medida de la mitad de su cabeza en forma de bola externa al lado del ojo. Estuvo 3 días en el hospital esperando a ser operado. 3 días en lo que lo único que comió fueron los bocadillos que robábamos de nuestra comida para dárselos a los enfermos. Medio bocadillo el día que había suerte. Cuando por fin le llamaron para operarle, no podía creérmelo. La alegría me invadió, aunque el miedo también. Era una operación muy complicada para los medios que tenían. Gracias a… los médicos. Si, los médicos. Gracias a ellos todo salió bien. Pero aún así, fue uno de los días más tristes de mi vida. Le sacaron del quirófano, medio moribundo, y lo llevaron a la sala de espera. De espera, sin más, porque no había nadie esperándole. Absolutamente nadie. A ese niño que acababan de quitar un tumor que no le dejaba vivir, tanto por el tamaño como por el olor. Probablemente sería el día más feliz de su vida, y no había nadie allí con él. Solo nosotros. Desconocidos. Estuvimos un rato con él, acariciándole, para hacer un poco más ameno el dolor que debería de estar sintiendo en ese momento, aún así inimaginable. Yo le miraba y no podía contenerme las lágrimas. Después nos dimos cuenta de que obviamente ese chico no estaba en condiciones para irse del hospital y tenía que pasar allí la noche. ¡Sorpresa! Todo el mundo se había ido a casa y solo quedábamos allí unas monjas misioneras y nosotros (tengo que aclarar que estas monjas no son con las que yo vivía). ¡Sorpresa otra vez! ¡Las monjas se querían ir a casa! Claro, ¿cómo se iban a quedar ellas una noche en el hospital cuidando de un moribundo si no estaba programado?. En cambio, fuimos algunos de nosotros los que nos propusimos para quedarnos después de 12 horas de trabajo, aunque al final, un enfermero, el albino Alí, vino desde su casa para quedarse. Gracias Alí. Al despedirnos de Tressor, escuché como nos daba las gracias una y otra vez y nos repetía lo agradecido que estaba, cuando lo único que hicieron fue alargarle un pelín más la vida. O solo mejorarle la calidad, probablemente. Ni siquiera podían salvarlo. 

Y esa fue mi experiencia en el hospital. En el hospital en el que descubrí el olor de la muerte. Pero no solo existía la consulta de dermatología, había muchos más médicos. Médicos de diferentes especialidades que me atrevo a decir que se han sentido infravalorados con el trabajo que han hecho en el hospital. Porque en el hospital no había nivel de urgencia. Había gente que iba a la consulta para hacerse una foto y gente que ya no tenía remedio. Y digo yo: ¿no podrían haber evitado eso? ¿Qué tipo de control llevaban los médicos locales? ¡Ah, no, qué se creen que los médicos blancos son Dioses y que iban a salvar a Ngandanjika en dos semanas! Pues no, no son Dioses, son personas, y hay cosas que no se pueden salvar. Pero en realidad, no los culpo a ellos si no a su educación y a su sociedad y a los políticos que tienen el poder y que no hacer nada para cambiar estos países porque son demasiado corruptos.

Y ahora, dos semanas más tarde, me encuentro en mi habitación, escribiendo sobre las experiencias del Congo porque no hay mucho más que hacer. Doy clases de gramática de inglés una vez a la semana, dos horas, a niños de 14 años que lo único que hacen es reírse y no tomárselo en serio y que, cuando termino la clase, me piden dinero. A mí, que estoy en negativo en mi cuenta y he juntado todos mis ahorros para venir aquí. Pero no importa porque eres blanco y eres rico, y solo te quiero por tu dinero, porque que vengas a darme clases de inglés gratuitamente no cuenta. Cuenta que eres rara, que tienes tatuajes o piercings y que eso nunca lo han visto. Y que no eres religiosa también cuenta. ¡Qué raro! ¿Cómo no vas a creer en Dios? ¡De alguna religión tendrás que ser! Pues no, no lo soy.

Pero no, no todo ha sido malo. He aprendido muchas cosas en muy poco tiempo. He aprendido sobre los albinos y la dermatología. He aprendido a montar camillas imposibles de montar. He aprendido a valorar el comer una vez al día trabajando demasiadas horas. He aprendido a esterilizar material quirúrgico y material textil, como lo hacían 100 años atrás. He aprendido algo de francés. He aprendido a contenerme las lágrimas al escuchar decirle a alguien que se va a morir. He aprendido métodos de supervivencia en una tormenta eléctrica. He aprendido que hay personas que tienen tanto amor dentro que son capaces de cualquier cosa. He aprendido que hay personas que te iluminan con su luz propia. Y he aprendido que lo importante no son tus creencias, sino tu bondad.

Y yo siento que no tengo fuerzas, que no tengo ánimos para cambiar un mundo tan injusto, tan machista, con tan poca humanidad. Y a lo mejor me estoy rindiendo en este determinado momento porque veo que lo que hago no cambia absolutamente nada y que si yo no estuviera, todo seguiría igual. Y entonces, ¿qué sentido tiene esto?“.

¡Espera, espera!

Sé que lo que escribí es un poco pesimista e incluso puede parecer injusto para algunas personas. Pero lo que yo sentía en ese momento no era más que impotencia. Impotencia de chocar con una realidad de la que yo no había sido consciente hasta ese momento, sobre todo con el tema de los albinos. Imaginaos que por no llevar un gorro y ropa de manga larga junto con foto protector (cosas a las que nosotros tenemos acceso fácilmente) les puede suponer la muerte. Esas personas llevan años con los tumores y la mayoría de ellos se podrían evitar totalmente si tomaran las medidas correctas; pero el mayor problema no es que a veces no tengas los medios (como el foto protector, que allí es casi imposible de conseguir), el problema es que ellos no son conscientes. Hasta el punto de que los propios organizadores de DITUNGA los dejaban esperando horas y horas al sol, y se negaban a dejarlos esperar dentro del hospital (aunque nosotros los hacíamos pasar y eso nos llevó a más de una discusión). Incluso a veces teníamos que salir a atenderlos fuera porque no tenían dinero para pagar la ficha médica para poder entrar en la consulta. Además, los padres, ambos de color negro en la mayoría de los casos, no entienden que su hijo sea más blanco que la nieve. No saben que su piel es tan delicada. Imaginad a dónde los lleva la ignorancia que han llegado a ahogarlos en los ríos al nacer porque pensaban que estaban “endemoniados”. Pero esto solo es culpa de la educación que no reciben.

Las demás diferencias no dejan de ser culturales, distintas formas de ver la vida. Y nadie tiene una mejor cultura, simplemente son diferentes y así tenemos diferentes formas de actuar, aunque a veces a nuestra cabeza le cueste entenderlo. No podemos llegar a un sitio e intentar cambiarlo; solo podemos ofrecerles nuestra ayuda y, si ellos la quieren, entregársela. Yo lo que sentí es que muchas veces no la querían y, contra eso, no podemos hacer nada. Aunque tengo que admitir que me dolía.

De todas formas, lo que sí sería realmente injusto sería decir que no viví cosas buenas, como cuando salíamos del hospital y volvíamos a casa andando y teníamos a todo el pueblo acompañándonos, sonriéndonos, dándonos la bienvenida y agarrándonos la mano. Las sonrisas todas las mañanas de los niños del colegio, cuando nada más verte, venían corriendo a darte un abrazo gritando: “Madam Rachel!”. Y así te alegraban el resto del día. Esa ilusión con la que venían los profesores a las clases que yo les daba de inglés y esas ganas de aprender para poder enseñar, que me parece el gesto más bonito del mundo. Esas mujeres valientes que venían al hospital a parir, por mucho que fuera en contra de sus tradiciones. El “Mutoka Mwoyo” de todos los niños del pueblo cuando te veían. La dulzura de los niños del orfanato que se cuidaban como hermanos. Las caras de felicidad de los que ya habían sido operados. Esas monjas que sin haber tenido hijos eran las mejores madres del mundo. Esos “Bonjour” de los cocineros del proyecto, que cada mañana preparaban con tanto cariño nuestra deliciosa comida. Los niños albinos bien cuidados que daban esperanza de vida. La viva imagen de naturaleza salvaje de los paisajes de Ngandanjika, con esos atardeceres que te dejaban sin aliento.

La esperanza

Durante mi estancia allí, yo me iba a alojar en una casa de una congregación de monjas misioneras de diferentes nacionalidades, donde tenía mi propia habitación. La habitación era un lujo para lo que me esperaba; tenía una cama doble, una mesa y un baño propio. Las dos primeras semanas no tuve luz en el baño ni agua en el váter, por lo que usaba una linterna y un cubo de agua como cadena. Además, el agua de la ducha obviamente era fría, a lo que nunca me llegué a acostumbrar. Aparte de eso, de las visitas inesperadas de salamandras y arañas y del miedo que pasé en varias ocasiones debido a las tormentas eléctricas en las que se iluminaba toda mi habitación cada segundo y parecía que la habitación se iba a derrumbar con cada trueno interminable, era una gran afortunada de poder vivir en esas condiciones. En la casa vivían tres monjas, dos aspirantes y una joven misionera (como yo, pero con un propósito religioso). 

No voy a decir que me sentía completamente en mi sitio, ya que tienen unas costumbres muy diferentes a las mías, y se me hacía muy duro presenciar tantas acciones religiosas en las que no participaba, porque me parecería una falta de respeto, pero las monjas de esa casa eran unas personas maravillosas. Y aunque no llegué a conectar con todas ellas (en algunos casos por la barrera del idioma), solo por sus labores allí me parecen personas admirables. Ellas se encargaban del colegio en el que yo iba a dar clases de inglés y con su amor y paciencia han conseguido muchos méritos, y estoy segura de que conseguirán muchos más a pesar de las dificultades que les pone el país. A mi nunca me faltó nada. La comida era deliciosa, a pesar de que muchas veces no podía comer todo ya que soy ovo-lacto vegetariana y allí se come mucha carne y pescado; aún así siempre tenían alternativas para mi. En conclusión, fueron la parte positiva y esperanzadora de la religión durante este viaje. De hecho, el día que me iba, al despedirnos, me dijeron que habían rezado por mí, y os puedo asegurar que nunca antes me había hecho tanta ilusión que me dijeran algo así. Me emocionó mucho porque, aunque yo no sea creyente, sé que ellas sí y que me hubieran dedicado su tiempo y su fe para que me fueran las cosas bien significó mucho para mí.

Y entonces, ¿por qué me fui?

Bueno, pues la realidad por la que decidí irme antes de tiempo fue porque simplemente sentía que no era mi sitio. A esto le añadimos que tuve un pequeño problema con el visado y fue lo que me hizo poner mi estancia en manos del destino. Yo me comprometí a quedarme o irme, según lo que pasara. Y el destino decidió.

De todas formas, a la organización pareció no importarle mucho, ya que cuando les hice saber cómo me sentía me planearon el viaje de vuelta lo antes posible para cuadrarlo con otra voluntaria española que se iba esa semana, haciendo que yo tuviera que pagar bastante dinero para irme el mismo día que ella y teniendo que irme una semana antes de lo que me hubiera gustado, pues quería darles a los profesores las últimas clases y dejarles temas preparados para que ellos pudieran seguir aprendiendo inglés. Lo que a ellos, por lo visto, les importaba muy poco en ese momento. Eso, e incluso mi seguridad. Cuando ese mismo día, después de haber decidido que me iba, un organizador me mandó a casa en taxi-moto, sola y por la noche, habiéndome dicho unos días antes (cuando le pedí junto a otra compañera volver un poco más tarde a casa en este transporte) que eso era muy peligroso, ya que podían atracarnos, secuestrarnos o violarnos (según él) y bajo ningún concepto lo iba a permitir. Sin olvidar que esta misma persona me había cuestionado y juzgado varias veces por mi apariencia física y mis ideologías no religiosas anteriormente. Por estas razones, y muchas más, demasiado personales para compartirlas, me creó una enorme decepción como esta organización se comportó conmigo.

Y por eso animo a todo el mundo a que vaya a este precioso país y viva su propia experiencia, pero no puedo recomendar a nadie que vaya con esta organización, a pesar de que no dudo que ayuden a mucha gente en otros ámbitos.

Fue una dura decisión, ya que sentía que me estaba rindiendo. Y sí, probablemente me rendí, pero es que el mundo es como un puzzle y hay veces que, por mucho que lo forcemos, hay lugares en los que nuestra pieza no encaja. Y no, yo no encajé con esta organización pero eso no significa que haya dejado de luchar desde otro sitio.

Sin embargo, no me gustaría irme sin mencionar que los médicos españoles (y los que no eran médicos) que asistieron son todos unas personas maravillosas con un corazón enorme. Admiro muchísimo lo que hacen, tanto en África como en España, como en tantos otros lugares a los que van a ayudar a la gente. Porque no es fácil ir a un país con una cultura tan diferente e intentar hacer tu trabajo lo mejor posible con recursos inimaginables.

Y además, me gustaría animar a todo el mundo a que, de la forma que prefiera, ayude a estos países que tienen muy pocos recursos y son muchos los derechos humanos de los que carecen y tenemos que luchar para que esto cambie. Como habréis visto, no es fácil y no siempre va a ser posible pero no hay que perder la esperanza.

Todos los males son el efecto de la inconsciencia. Puedes aliviar los efectos de la inconsciencia, pero no puedes eliminarlos a menos que elimines su causa. El verdadero cambio ocurre dentro, no fuera. Si te sientes llamado a aliviar el sufrimiento del mundo, esa es una tarea muy noble, pero recuerda que no has de enfocarte exclusivamente en lo externo; de otro modo no encontrarás sino frustración y desesperación. Sin un cambio profundo en la conciencia humana, el sufrimiento del mundo es un pozo sin fondo. Por tanto, no dejes que tu compasión se vuelva parcial. Tienes que equilibrar la empatía que sientes por el dolor o las limitaciones de los demás y el deseo de ayudarles, por un lado, con una profunda comprensión de la naturaleza eterna de toda vida y la ilusión última de toda pena por otro. Así, permites que la paz fluya a través de todo lo que haces, y trabajas simultáneamente en los dos niveles de causa y efecto.

Eckhart Tolle

5 comentarios en “República Democrática del Congo, África

  1. Raquel, veo que estás aprovechando bien el confinamiento, confeccionando un interesante bloc, del que sin duda todos vamos a aprender buenas cosas. Las fotografías son preciosas, de concurso. Anímate a participar. Supongo, que tu padre te habrá echado una mano en el tratamiento de las imágenes…
    Pero, bueno, yendo a lo principal, que es la letra, he leído, de momento, solo está página. Y habría mucho que comentar… Cuentas una experiencia de una dimensión extraordinaria, de la que sin duda -se nota- has aprendido mucho, a base de enfrentarte a las dos caras de la existencia: la felicidad y el dolor. Es evidente que has soportado un fuerte impacto, y que, si bien has tenido la satisfacción de vivir unas circunstancias excepcionales, también has sufrido la decepción de quien pone en las cosas mucha ilusión, mucha buena voluntad, y también algo de ingenuidad.
    Por otra parte, en lo que se refiere a la redacción, me parece que está correctamente escrito, si bien, sin pretensiones literarias. Se trata de un diario, y como tal tiene un estilo sencillo, espontáneo, muy próximo al lenguaje hablado. Está todo muy claro, y cualquiera puede entenderlo, y sentirse identificado, y sobre todo, emocionarse, e indignarse ante las injusticias que describes. Sin duda, contribuirá a la concienciación social, tan necesaria, de quien lo lea.
    En fin, síguenos contándonos tus viajes, que te seguiremos… Un abrazo, y muchos ánimos

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    1. Me hace mucha ilusión que haya podido transmitir todo lo que quería, que efectivamente como bien dices, es una mezcla entre felicidad y dolor. Pero sobre todo me alegro de que te haya gustado, siendo un crítico literario como eres tú. Y sí, aunque no sea literatura, yo sé de dónde me viene la inspiración de escribir y es de todas esas historias mitológicas que tanto escuché de pequeña. Muchas gracias por tu comentario y crítica. Un abrazo enorme.

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  2. Me ha encantado leer tu experiencia, eres una super crack! Y por curiosidad ¿ cuál es el siguiente viaje? Porque seguro que ya tendrás en mente el siguiente…
    Te deseo lo mejor y me alegro mucho que nuestras vidas se hayan cruzado en cierto momento! Me gusta que las vidas interesantes y diferentes se crucen 😉
    A ver si próximamente brindamos por la vida! Un abrazo

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    1. ¡Me alegro muchísimo que te haya gustado! Siendo sincera, todavía no he planeado el siguiente viaje debido a esta situación… Pero tengo claro que será Latino América.

      Muchas gracias por tu comentario, y yo también me alegro mucho de que hayamos coincidido en esta vida y más en el momento tan importante en el que pasó.

      ¡Espero verte muy pronto!

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