Tailandia, Asia

Tailandia es un país que siempre había querido visitar; sin embargo, no me imaginaba que sería en estas circunstancias. Este viaje en un principio iba a ser solo un mes de espera para obtener mi visa para ir a Australia, pero fue mucho más que eso y se convirtió en una experiencia inolvidable. ¡Entre ellas un retiro espiritual y la historia del tatuaje sagrado en el famoso monasterio de Wat Bang Phra!

Bangkok

Mi primer destino en Tailandia fue la capital y me alojé en un hostal llamado Back Home Backpackers. Tenía un ambiente de mochileros increíble y desde el minuto en que llegué me sentí como en casa. Tanto que acabé volviendo otras dos veces más a lo largo del mes. Además, las instalaciones son muy buenas y preparan actividades todos los días para integrar a la gente. Lo recomiendo totalmente.

Bangkok es una ciudad que tiene un encanto especial, no solo por sus importantes palacios y monumentos o la famosa calle de Khao Shan Road, que tiene vida las 24 h del día y puedes hacer cualquier actividad: desde dar un paseo a ir de compras, hacerte un tatuaje, salir de fiesta, beber cubatas en cubos, cenar tranquilamente, tomarte algo, hacerte trenzas en la cabeza, probar escorpiones, gusanos o cualquier tipo de insecto… Definitivamente tiene algo que engancha y te hace sentir bien.

Me llevó 3 días conocer los lugares más famosos como El Gran Palacio donde se encuentra el Templo de Buda Esmeralda, Wat Pho con su gran Buda Reclinado de 46 metros de largo y 15 de alto, Chinatown o el mercado de Chatuchak, que es uno de los más grandes del mundo y en el que puedes pasar un día entero sin aburrirte y encontrar infinidad de cosas a un buen precio. Es una ciudad muy grande con infinitas cosas para ver, por lo que me quedaron algunas como el mercado flotante de Damnoen Saduak o el mercado de las vías de tren de Mae Klong, también muy famosos.

Todos los sitos que yo visité me parecieron espectaculares e incluso teniendo que pagar y llevar la ropa adecuada en algunos (ya que no puedes enseñar los hombros ni las rodillas), merecieron la pena totalmente. La única queja que pongo en general es que a pesar de ir en temporada baja (yo estuve allí en agosto y septiembre) había muchísima gente en todas las zonas turísticas. Muchas veces era agobiante y tenía que irme antes de tiempo sin poder disfrutar todo lo que me hubiera gustado porque entre el calor (hace muchísimo calor y muy húmedo) y la gente era imposible estar a gusto.

Mindfulness Project

Desde mi anterior viaje a Bali, me había empezado a meter en el mundo de la meditación y del yoga y, al estar en estos países, pensé que era la oportunidad perfecta para sumergirme por completo. Por esta razón, decidí irme a un retiro espiritual que encontré en Workaway (es una página web donde si te registras por poco dinero al año, puedes contactar con voluntariados de todo el mundo y es muy fiable) llamado Mindfulness Project.

Este proyecto estaba bastante lejos de Bangkok y para llegar allí tenía que coger un bus de unas 8 horas hasta Khon Kaen. La verdad es que antes de iniciar este viaje estaba un poco nerviosa, ya que tenía que cruzarme sola medio Tailandia. Sin embargo, nada más llegar a la estación de autobuses de Bangkok, donde iniciaría mi viaje, una mujer tailandesa me vio entrar con mis pintas de extranjera y vino corriendo hacía a mí. La mujer súper amable me preguntó (más bien por señas) a dónde iba y qué bus tenía que coger, me llevó a la taquilla, pidió mi billete y se esperó a que lo comprara. Antes de despedirse se aseguró de explicarme cómo y desde dónde tenía que coger ese autobús. En ese momento me sentí súper segura y mucho más tranquila y agradecí un montón que haya gente así en el mundo.

Sin embargo, mientras estaba esperando a que llegara la hora de salida, me di cuenta de que el lugar que estaba escrito en el billete no era el Khon Kaen a donde yo iba, sino un pueblo con un nombre muy parecido de Laos. Inmediatamente fui a cambiar el billete y no me pusieron ningún problema; incluso me pidieron perdón (se conoce que yo no había pronunciado correctamente Khon Kaen) y me dirigí a buscar mi autobús.

La estación de Bangkok es bastante grande y supongo que se me vería un poco perdida, porque otra mujer cuando me vio vino hacia a mí, miró mi billete y me llevó a mi autobús. Me sorprendió mucho la gran hospitalidad de los tailandeses y me hizo sentir mucho más segura en mi viaje, quitando el pequeño malentendido (que tengo que admitir que fue totalmente mi culpa, porque no sé pronunciar el tailandés) con el que casi acabo en Laos.

Después de las 8 horas de viaje por fin llegué a Khon Kaen. Los organizadores nos habían dicho que si llegábamos tarde, nos quedáramos en un hotel en Khon Kaen, ya que el proyecto está a unas dos horas, cogiendo un autobús urbano y luego andando por el medio del bosque siguiendo unas fotos con indicaciones que nos habían dado. Sinceramente, no quería ni dormir en Khon Kaen ni tenía tiempo de llegar hasta allí como ellos proponían porque iba a anochecer pronto (a parte de que me daba demasiado miedo), por lo que acabé cogiendo un Uber hasta Mindfulness Project. Me sentí un poco mal porque ir sola hasta allí era parte de la aventura, pero la verdad es que ya bastantes miedos estaba venciendo en este viaje.

Cuando llegué me encontré con un precioso lugar en plena naturaleza y apartado del mundo (cuando digo apartado, digo que no había nada ni nadie alrededor a menos que andases una hora), en el que todo el mundo me recibió muy amistosamente.

Los días en este proyecto funcionaban de la siguiente forma: nos despertábamos a las 6 a. m. y hacíamos una hora de yoga. A las 7 a. m. teníamos meditación hasta las 8am. De 8am a 8:30am hacíamos Karma Yoga, que eran tareas como preparar el desayuno, limpiar las habitaciones o quitar las malas hierbas, básicamente hacer cosas buenas para que ayude a nuestro karma. Después desayunábamos y hasta ese momento había completo silencio. No podíamos hablar hasta pasado el desayuno. Esta ha sido la primera vez que hago una práctica de silencio de este tipo y a mí me pareció muy gratificante el no hablar durante un determinado tiempo al día.

Durante la mañana trabajábamos en distintos sectores de permacultura, construcciones naturales, cocina vegana o jardinería durante 4-5 horas; después comíamos y teníamos un poco de tiempo libre hasta las 6 p. m., que era la asamblea. En la asamblea seguíamos la misma dinámica todos los días: nos poníamos todos en un círculo y el “maestro” (es la persona encargada del proyecto y que nos impartía enseñanzas budistas) formulaba dos preguntas y teníamos que ir contestando uno a uno pasándonos un palo que te daba el poder de hablar. Las preguntas siempre eran decir el mejor momento del día y una pregunta random que normalmente te hacía sacar tus traumas. Esta parte no era nada fácil, ya que contar tus miedos y acabar llorando delante de un grupo de desconocidos no es algo que hagamos todos los días, pero sinceramente fue lo que más me ayudó. Además, todas las personas que estaban allí habían pasado por situaciones muy duras, y te sentías muy apoyado. Cuando terminábamos, cenábamos los restos de la comida y, antes de acostarnos, el maestro nos daba una lección acerca del budismo o hacíamos algún ejercicio en grupo.

El propósito de este proyecto era sanar las heridas que teníamos dentro, aprender enseñanzas budistas e iniciarnos en la meditación como forma de vida. Además, los métodos que usaba, a pesar de conllevar un esfuerzo personal muy grande, cumplían su propósito. Lo más curioso de este proyecto fue ver cómo podías abrirte tanto con personas que no conoces de nada y a las que probablemente nunca más volverías a ver.

Lo que pasa es que hubo otra parte que no me gustó tanto. En total éramos unas 30 personas, pero había gente que llevaba más o menos tiempo, ya que íbamos llegando en diferentes días. Esta gente estaba las 24 horas del día abrazados, acariciándose, haciéndose gestos de cariño entre ellos y a mí, no sé por qué motivo exactamente (aunque en el fondo quería), no me salía hacerlo. Además, sentía que había un círculo cerrado en el que era muy difícil entrar si llegabas tarde. Y quizás, eso hizo que no me pudiera integrar completamente. Aunque las dos veces contadas que me dejé abrazar o dar cariño, la verdad es que fue una sensación increíble.

La otra parte que no me gustó fue que, a parte de que teniendo en cuenta que trabajábamos gratuitamente, teníamos que pagar unos 5 euros diarios porque la comida era totalmente vegana y orgánica. Puedo llegar a entenderlo y, de hecho, antes de ir acepté que estos fueran los requisitos. Pero la cosa vino cuando un fin de semana hicimos una excursión para ver unos 10 templos supuestamente impresionantes, que después no lo fueron (y solo vimos 4), y pasamos la mayoría del tiempo viajando. Una excursión totalmente decepcionante para todo lo que nos prometió. Sin embargo, mi sorpresa fue cuando me enteré de que nosotros nos habíamos pagado el viaje y los organizadores, sin decírnoslo y escondiéndolo, que es la parte más grave, se habían pagado su propio viaje con el dinero de los voluntarios; es decir, que ellos no pagaron nada y nosotros pagamos de más. Este acto me pareció vergonzoso y sin justificación alguna. De hecho, el día que nos enteramos y les pedimos una explicación no supieron darnos ninguna y se excusaron diciendo que era lo “justo”. Pero en mi opinión, eso lo deberíamos haber decidido entre todos.

El día que terminaba mi estancia allí dio la casualidad de que varios voluntarios también terminaban y todos íbamos a Bangkok. Intentamos volver en autostop, pero nos resultó imposible. Solo conseguimos que nos recogieran en dos tramos y fueron dos mujeres tailandesas muy amables en los dos casos. Finalmente terminamos cogiendo un tren de vuelta.

Me gustaría aclarar que yo no suelo hacer autostop y que en esta ocasión solo lo hice porque éramos un grupo de 5 personas. Y aunque hay mucha gente que viaja de esta forma, yo no me siento del todo segura y prefiero evitarlo.

Koh Phangan

En un principio, a la vuelta de Mindfulness Project iba a visitar Chiang Mai y Pai, que están al norte y la gente habla muy bien de ellas. Pero las distancias en Tailandia son muy grandes y si iba, no tendría tiempo para visitar también las islas. Tras debatir mucho si ir a Koh Phi Phi o Koh Phangan, me decidí por esta última que es muy famosa por su fiesta de Full Moon Party (a la que, por cierto, no fui porque no tenía dinero).

Desde Bangkok compré un viaje organizado que incluía un autobús hasta la estación de Surat Thani y de ahí un barco hasta Koh Phangan. Al llegar, cogí un taxi-moto que había en el puerto y me llevó hasta Phangan Arena Hostel, donde estaba haciendo un voluntariado una chica polaca que conocí en el hostal de Bangkok y así podría tener compañía, ya que estaba forever alone.

Este hostal tenía algo que te atrapaba, porque empecé reservando 3 días y terminé quedándome dos semanas. Se convirtió en mi segunda casa, más que por el lugar, por la gente que conocí. Tengo que reconocer que esta etapa del viaje se basó más en fiestas, playa… ¡Pero no os podéis imaginar lo bien que me lo pasé!

Ahora bien, con el tiempo empezaron a pasarnos cosas un poco… extrañas. Un día fuimos a una fiesta en la playa un grupo de gente del hostal. Esa noche nos encontramos la siguiente situación: yo había ido a acompañar a una amiga a pedir y de repente recibí un mensaje de uno de mis compañeros de habitación que ponía: ayúdame, hospital. No sabía muy bien el por qué de esto pero fui corriendo a buscarle. Me lo encontré solo apartado de la fiesta y completamente ido, pero todavía a tiempo. A los minutos, apareció otra amiga que nos contó que se había quedado atrapada en el baño sin poder moverse durante media hora y cuando nos estábamos yendo encontramos a otro chico medio inconsciente. Entonces deducimos que alguien drogó a estas personas y que esto no fue casualidad ya que los tres presentaron exactamente los mismos síntomas. De todas formas, tuvieron suerte de que estábamos todos juntos y pudimos cuidar de ellos. Al día siguiente no conseguimos descubrir cómo pasó esto, pero tenemos sospechas de que fue alguien del hostal.

Simplemente cuento esto para que tengáis cuidado con la gente de vuestro alrededor porque hay muchos sitios en Tailandia, sobre todo los lugares turísticos de fiesta donde desaparece mucha gente, y esto es verdad. El lugar donde ha sucedido más es en Koh Tao; podéis mirarlo vosotros mismos que este pequeño paraíso es llamado coloquialmente Death Island (Isla de la muerte). Cuidado, que no quiero decir que no vayáis a estos sitios, solo que tengáis precaución. Yo conocí a mucha gente que había estado allí y no les pasó nada.

Además, otra mala experiencia que tuvimos fue al coger un taxi para volver de una fiesta. Estaba muy lejos del hostal, por lo que nos juntamos un grupo grande para pagar menos. Los taxistas muchas veces aprovechan estas situaciones para pedirnos más dinero y esa noche nos pedían el doble para volver. Esto no le hizo gracia a algunos y empezaron a discutir una vez ya montados en el taxi. De repente, el taxista nos echó del taxi gritando y con violencia. Nosotros nos bajamos inmediatamente (en total unas 10 personas) y nos empezaron a pedir el dinero. No sé qué pasó exactamente, pero lo próximo que vi fue volar patadas. El taxista había llamado a sus amigos que estaban en la puerta de la fiesta y entre todos empezaron a pegar a los chicos (a las chicas no nos tocaron). Nosotras intentábamos separarlos hasta que vi como empezaron a coger piedras y botellines vacíos y tuvimos que salir corriendo. Aún así, mientras corríamos nos tiraron piedras. En ese momento pasé mucho miedo, ya que todos los taxistas querían pegarnos y estábamos muy lejos del hostal a las tantas de la madrugada. Empezamos a andar y con suerte encontramos un taxista pacífico que nos llevó de vuelta.

Después de estos incidentes la verdad es que ya no me sentía tan a gusto en esta isla por lo que para prevenir más situaciones como estas dejé de salir fuera del hostal y en cuanto recibí mi visa compré un vuelo y me fui a Australia.

¡Espera! ¡Si visitas Koh Phangan, hay un sitio que no te puedes perder! Se llama Amsterdam Bar y, como su propio nombre indica, os imaginaréis lo que se puede conseguir allí. A parte de eso, tiene unas vistas preciosas, sobre todo al atardecer, y tiene también una piscina que podrás usar todo el tiempo que quieras. Las consumiciones no son especialmente baratas, pero os prometo que el lugar no tiene precio.

Wat Bang Phra

¡No tan rápido! No podía irme de Tailandia sin llevarme un recuerdo, ¿y qué mejor que llevarlo en la piel?

Varias personas me hablaron del monasterio budista Wat Bang Phra, que está a las afueras de Bangkok, en el que comprabas una ofrenda (muy barata, como 2 euros) y un monje te hacía un tatuaje sagrado con bendición. Una de las cosas más llamativas también es que no lo realiza con la máquina de tatuajes normal, sino que usa el método tradicional de bambú. Este lugar es el más famoso entre los turistas, ya que hasta Angelina Jolie se hizo uno de estos tatuajes.

Antes de decidir ir, empecé a investigar en internet, ya que que fuera tanta gente a hacerse un tatuaje gratis, no me daba buena espina. Después de leer muchos blogs, me desanimé un poco, ya que uno de los riesgos es que no cambiaban la aguja y por lo tanto… ¡Fiesta! ¡Te llevabas un tatuaje y el sida! Por esta razón, decidí ir en persona y verlo con mis propios ojos.

El monasterio está a más de una hora de Bangkok, y solo hay un par de trenes al día, por lo que me junté con mis compañeros de habitación de Koh Phangan y nos cogimos un taxi, que entre los tres salía a un precio aceptable.

Cuando llegamos allí, mis amigos compraron la ofrenda, pero yo me esperé porque quería comprobar primero si cambiaba de aguja o no. Cuando entramos, había unas pocas personas esperando, todas asiáticas, algo que me extraño mucho, ya que se supone que iban muchos turistas.

La situación era la siguiente: había un monje (con cara de muy pocos amigos, que por lo visto era el más famoso haciendo tatuajes en ese monasterio), en frente de él se ponía de espaldas la persona a la que iba a tatuar y a los lados había dos personas de la cola, que se iban cambiando progresivamente para estirar la piel al que estaba siendo tatuado.

Me puse lo más cerca posible del monje para ver cómo lo hacía exactamente. Efectivamente, iban pasando las personas, y solo cambiaba la aguja para hacer los rellenos, pero reutilizaba todo el rato la misma. Además, elegía el modelo del tatuaje al azar (cuando se supone que lo elegía dependiendo de tu aura), ya que cogía la primera plantilla que pillaba, la pegaba con tinta a la espalda, la despegaba y hacía el tatuaje con una ¡máquina tradicional! Cuando acababa, te hacía una pequeña bendición, una palmadita en la espalda y el siguiente. A mí esto me pareció totalmente decepcionante y le dije a mis amigos que no iba a hacérmelo porque ante todo está mi salud. Entonces fuimos fuera donde habíamos comprado las ofrendas y le preguntamos a la mujer si había otro sitio, ya que habíamos oído algo de que había otro monje que pagando te hacía el tatuaje.

Con señas y el traductor del móvil nos conseguimos comunicar ella y nos trajo a una mujer que nos decía que en su casa había un monje que hacía tatuajes con bambú y que cambiaba la aguja. Sin saber muy bien a dónde íbamos, nos montamos en sus motos y nos llevaron a una casa muy cerca de este monasterio.

Cuando llegamos, encontramos a un monje muy joven en un garaje que parecía un pequeño monasterio tatuando con bambú. La mujer, súper simpática, nos dio varios cuadernos con bocetos de tatuajes tradicionales tailandeses y nos iba explicando los significados y los precios. Tras mucho pensar, ya que mis tatuajes siempre han sido con significado, elegí uno que desde el primer momento me encantó y decidí tatuarme casi media espalda con dos tigres y en medio un kao-yot. Entonces preparé el dinero (creo que eran unos 120 euros por todo) y los puse en la ofrenda delante del monje, me arrodillé, bajé la cabeza, el recitó algo y empezamos.

La verdad es que yo ya había oído que la técnica de bambú duele mucho más que la máquina, pero sinceramente no pensé que fuera a ser para tanto. Pero… mi sorpresa fue que sí era para tanto. Era un dolor insoportable. Uno de los peores dolores físicos que he sentido en mi vida. No sé si la zona influyó, pero me quería morir. Cuando solo llevaba 5 minutos miré a mi amiga y le dije que por favor le dijera que solo me hiciera un tigre (aunque si fuera por mí me hubiera ido con dos rayas en la espalda).

Tardó sobre una hora en hacerme el tigre entero, la hora más larga de mi vida. Os prometo que no estoy exagerando, de hecho, me tiré la última media hora llorando literalmente. No sabéis la vergüenza que pasé cuando el tailandés al que había tatuado antes (y tenía toda la espalda tatuada) seguía allí y me miraba con cara de: das pena. Cuando acabó el tigre, le dije que no hacía falta que me hiciera las letras que lleva al lado (no quería sufrir más), pero me dijo que lo sentía pero que tenía que hacerlo porque eso era la bendición. Así que lloré durante 10 minutos más.

Y finalmente acabó. Me bendijo el tatuaje y el pobre me devolvió la mitad del dinero sin yo pedírselo, ya que no lo había terminado. El tatuaje estaba increíblemente bien hecho, todavía no sé cómo pueden tener tanta precisión con esa aguja de bambú y hacerlo tan rápido. Pero la verdad es que yo quería los dos tigres y no hay día que no me arrepienta de no haber terminado. Pero es que no podía. Tengo bastantes tatuajes por todo el cuerpo pero ese dolor no lo soportaba. Aún así, tengo pensado terminármelo… Quizás algún día… si vuelvo.

Y así quedó mi triste tigre forever alone, como yo

¡Por cierto! Ya que os estoy hablando de tatuajes, me gustaría enseñaros otros dos que me hice en un estudio profesional de Bangkok llamado UNDYINK, que está al lado del hostal donde me alojé.

Y así terminó mi aventura en Tailandia. En conclusión, me pareció un lugar precioso y los tailandeses unas personas muy hospitalarias como os he contado en previas ocasiones. Yo estuve viajando todo el mes sola y nunca sentí miedo, de hecho me sentía muy segura. Cuando estuve en Koh Phangan es verdad que vi un lado un poco más oscuro, pero esto es como en todos los lugares depende del ambiente por el que te muevas. Personalmente pienso que en Tailandia es solo en el ámbito de la fiesta, ya que hay muchas aglomeraciones, mucho alcohol, muchas drogas y gente mala como en todo el mundo. Siempre hay que ir con mucho cuidado y más si viajas solo, pero esto son cosas de lógica. No quiero que os dejéis llevar por el miedo porque, de hecho, para viajar solo y más si eres mujer, me pareció uno de los países más seguros. Aún así me quedaron muchísimos lugares que visitar, por lo que sigue estando en mi lista pendiente.

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